martes, 12 de noviembre de 2013

PROMESAS

Los que esperan al Señor tendrán nuevas fuerzas;
levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán;
caminarán, y no se fatigarán. 

Isaías 40:31.

Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas,
para que por ellas llegaseis a ser participantes
de la naturaleza divina.

2ª Pedro 1:4.


 

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        En cada uno de nosotros las fuerzas físicas pueden flaquear, las pruebas intensificarse y las discapacidades crecer. El hastío y el desánimo también pueden alcanzar fácilmente al cristiano, pero las promesas del Señor han sido dadas para todas las edades y circunstancias de la vida. Con la confianza y la sumisión de la fe, el creyente cansado puede alimentarse de las certezas que ofrece la Palabra de Dios. Contar con Él día tras día es el secreto de una fuerza renovada, de una paz estable.

       En la cruz Jesús cumplió la obra que permite a cada uno de nosotros, por pecador que sea, reconciliarse con Dios por la fe en él. Esta reconciliación mediante la gracia divina es el fundamento de la relación entre Dios y aquel que deposita su confianza en él; sin embargo tendemos a olvidarlo cuando debemos enfrentarnos a la adversidad. Pero queda esta promesa hecha por Dios a los que le aman: todas las cosas ayudan a bien (Romanos 8:28). ¡Impregnémonos de esas declaraciones divinas! Así nos será más fácil resistir al desánimo y esperar en las intervenciones de la gracia divina.

       Las promesas de Dios están destinadas a sostener al creyente más débil en las situaciones más difíciles.
¡Te necesito ya! Tu santa voluntad
Y tus promesas mil en mí cumple en verdad;
Mientras aquí bogando, por mí orando estás;
Susurras a mi alma: «Aquí estoy con mi paz».

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