jueves, 10 de diciembre de 2015

Aquí se Narra

EN LA OSCURIDAD, SURGE LA `ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN´

"NICAN MOPOHUA..." "AQUÍ SE NARRA"


La colonización o llegada de Hernán Cortés a Veracruz, Diego Rivera 1951


Ante el clamor del obispo fray Juan de Zumárraga en ese año de 1529: “si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente”[1], Dios interviene por medio de lo más amado para Él su propia Madre. Ella, la primera discípula y misionera del Amor de Dios, es la Estrella de la Evangelización, la Estrella de la Esperanza.

Si bien, una aparición escapa a la razón y trasciende la historia; no se puede negar su repercusión, por lo que se pueden estudiar los rastros, los signos y los elementos, que haya dejado y con los cuales haya marcado la historia.

Actualmente se conservan muchos documentos históricos del siglo XVI en los que se manifiesta ese momento maravilloso de la intervención divina; un Dios que toma la iniciativa de encontrase con el ser humano por medio de Su Madre, Santa María de Guadalupe, quien ha elegido a un indígena macehual, humilde y sencillo con un alma transparente y candorosa, Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Varias son las fuentes históricas que nos hablan de Juan Diego, de su esposa María Lucía, de su tío paterno Juan Bernardino, etc. Uno de los documentos históricos más destacados es el llamado Nican Mopohua, que significa: “Aquí se narra” o “Aquí se relata”; en este documento se describe de la manera más bella, más plena y mejor lograda, este maravilloso encuentro entre Dios y el ser humano por medio de Santa María de Guadalupe.

El Nican Mopohua está escrito en la lengua náhuatl noble; lengua bella y elegante, como decía fray Rodrigo de la Cruz: “lengua elegantísima, tanto como cuantas hay en el mundo”[2], o como afirmaba fray Alonso de Molina: “es tan copiosa, tan elegante, y de tanto artificio y primor de sus metáforas y manera de decir.”[3] El náhuatl no necesita muchas palabras para expresar los hechos con fuerza y profundidad, conjuntando amor, ternura y delicadeza, con majestuosidad y solemnidad; además, el náhuatl puede conjuntar varias palabras en una sola para así expresar de manera clara, nuevos conceptos; asimismo, con facilidad y elegancia se pueden articular todos los matices de las relaciones humanas. También de esto nos hace referencia Miguel León-Portilla, quien dice: “el náhuatl, así como el griego y el alemán son lenguas que no oponen resistencia a la formación de largos compuestos a base de yuxtaposición de varios radicales, de prefijos, sufijos e infijos, para expresar así una compleja relación conceptual con una sola palabra, que llega a ser con frecuencia verdadero prodigio de <>.[4]

El autor de esta maravillosa obra fue Antonio Valeriano, indígena sabio que nació en Azcapotzalco entre 1522 y 1526 y murió en 1605; Valeriano se educó en un instituto fundado por los franciscanos, Colegio de la Santa Cruz en Tlatelolco, al cual ingresó en 1536; fue contemporáneo de san Juan Diego y de quien escuchó exactamente lo que pasó esos días del sábado 9 al 12 de diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac que se encuentra ubicado al norte de la Ciudad de México. Juan Diego nunca dejó de transmitir su experiencia y el encuentro que tuvo con Santa María de Guadalupe, hasta que murió en el año de 1548; es decir, durante 17 años, san Juan Diego fue constante en su misión, atendiendo la ermita y manifestando su experiencia, llevando una vida contemplativa de profunda oración y, al mismo tiempo, una vida activa de gran devoción. Este importante documento coincide esencialmente con tantos otros documentos de los cuales hacemos referencia en esta misma obra. Fue hasta 1649 cuando el bachiller Luis Lasso de la Vega publicó por primera vez esta obra maestra, no la inventó ni él, ni el P. Miguel Sánchez, quien un año antes, en 1648, había publicado algunos rasgos sobre el Acontecimiento Guadalupano. Los dos autores, así como, los sacerdotes que aprobaron su obra para ser impresa, dijeron claramente que habían tomado noticias de códices, así como, de la tradición antigua, general y universal. En la obra de Luis Lasso de la Vega, también se publican otros textos complementarios al Acontecimiento Guadalupano, por demás interesantes. Se conservan varios documentos históricos que concuerdan con el contenido que expone el Nican Mopohua e incluso son un verdadero complemento; como por ejemplo, la obra que lleva por título: Nican Motecpana[5] que escribió Fernando de Alva Ixtlilxóxhitl, quien la compuso entre 1590 y 1600, y viene a ser una continuación del Nican Mopohua.





Pero regresemos al Nican Mopohua donde podemos notar toda la riqueza del náhuatl, desde la ternura, el cariño y la emoción en los diálogos que se descubren entre Santa María de Guadalupe y san Juan Diego, hasta la solemnidad de sus encuentros con el obispo fray Juan de Zumárraga; son expresiones que los indígenas entienden de manera rápida, profunda y clara.

Para entender los contenidos más exactos del Nican Mopohua, en la presente obra se han analizado cada una de las más importantes traducciones para llevar a una redacción final que comprende los más interesantes y significativos aspectos de la misma cultura y la manera de entender cada expresión, llegar al profundo sentido de las mismas y captar lo más exacto de lo que percibieron sus primeros destinatarios, nuestros antepasados indios y desde ahí participar este mensaje al mundo entero, a todo ser humano. Por ello la traducción que en esta obra se ofrece trata de ser la más depurada, con los contenidos más precisos de este importante documento.

También es importante señalar que los elementos de interpretación, así como, los profundos contenidos que nos presenta el Acontecimiento Guadalupano son de tal coherencia y convergencia, que alguno pensará si no será acaso de una exacerbada fantasía o invento de un corazón atemorizado que necesita crear a su propio “dios” o conclusiones forzadas de una mentalidad preconcebida. Ciertamente, la metodología de las ciencias históricas que implica el investigar profundamente las fuentes, así como la convergencia de las mismas, nos ayudan a ser estrictos en la búsqueda de la verdad rechazando cualquier conclusión o comentario infundado, erróneo o fantasioso; además las ciencias complementarias como son la filosofía, la teología, la antropología, etc., nos ofrecen una seguridad y una certeza de una sana y verdadera interpretación en el análisis de éste que es el modelo de evangelización perfectamente inculturada, máxime en uno de los documentos más importantes como es el Nican Mopohua.

También es oportuno señalar que la “aparición” es algo que se manifiesta inesperadamente, se deja ver de manera inmediata, y la “revelación” es quitar el velo y dejar ver con claridad, así como, el confiar alguna verdad. Jesucristo es quien nos ha revelado todo y para siempre, en plenitud; y todo lo que reveló se encuentra en el Evangelio y en lo que posteriormente, transmitieron los apóstoles tanto en sus propios escritos como lo que dejaron en la memoria de sus discípulos, lo que llamamos “Tradición”; sin embargo, Dios no ha quedado mudo, ya que trasciende tiempos y espacios, por lo que Él continúa hablando y actuando a favor de sus hijos.

Se descubren, como indica el concilio Vaticano II, “las semillas de la palabra” o “las semillas del Verbo”, en las distintas culturas religiosas, en las cuales es necesario purificar de los errores y dar plenitud a la verdad que Dios ha sembrado en ellas, en Jesucristo nuestro Señor. En el Concilio se explicita: “únanse [los cristianos] con aquellos hombres [los no cristianos] por el aprecio y la caridad; siéntanse miembros del grupo humano en el que viven y tomen parte en la vida cultural y social […] familiarícense con sus tradiciones nacionales y religiosas; descubran con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que en ella se contienen […] deben conocer a los hombres entre los que viven y conversar con ellos para advertir, en diálogo sincero y paciente, las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes y, al mismo tiempo, han de esforzarse por examinar estas riquezas con la luz evangélica, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador”.[6]




Es comprensible, que los primeros frailes misioneros no pudieran contemplar nada bueno, ninguna “semilla del Verbo”, en los sacrificios humanos, que formaban parte central de la religiosidad de la cultura de los pueblos indígenas de México; incluso; si en nuestros días, nosotros llegáramos a presenciar como a un pobre individuo lo sujetan a una piedra y con un cuchillo le abren el pecho, sacan el corazón y la sangre, reaccionaríamos con terror, y por supuesto no hubiéramos visto nada bueno en un rito semejante que, paradójicamente, para ellos, era estar del lado del Sol y, por lo tanto, del lado del Bien,[7] ahora pensemos en los frailes del siglo XVI que efectivamente se toparon con estas terribles experiencias. Como ya vimos, para los frailes de aquella época era poco menos que imposible captar algo bueno en la esencia de las creencias religiosas de los indígenas. Simplemente, para ellos eran diabólicos ritos y sanguinarias celebraciones satánicas, como se reflejan el documento llamado los Coloquios, donde se conservan las palabras de los franciscanos recién llegados a México y quienes buscaban salvar las almas de los indígenas de estos diablos: “Si vosotros queréis ver y admiraros de este reino y riquezas de aquel por quien todos vivimos, nuestro Señor Jesucristo, ante todas las cosas os es muy necesario desprecias y aborrecer, desechar y abominar y escupir todos estos que ahora tenéis por dioses y adoráis, porque a la verdad no son dioses, sino engañadores y burladores, y también os es muy necesario que os apartéis y desechéis todos los pecados de cualquier manera que sean, porque todos ellos enojan a Jesucristo, y es también menester que os purifiquéis de todas vuestras suciedades, con el agua de Dios.”[8] Y más adelante eran contundentes: “nunca ha venido a vuestra noticia la doctrina y palabras del Señor del cielo y de la tierra, y vivís como ciegos entenebrecidos, metidos en muy espesas tinieblas de gran ignorancia, y hasta ahora alguna excusa han tenido vuestros errores; pero si no quisiéredes oír las palabras divinas que ese mismo Dios os envía y darles el crédito y reverencia que se les debe, de aquí en adelante vuestros errores no tienen excusa alguna y nuestro señor Dios que os [ha] comenzado a destruir por vuestros grandes pecados os acabará.”[9] Como vemos, era sumamente difícil, si no que imposible, que los frailes buscarán “con gozo y respeto” nada bueno en la cultura religiosa india, y mucho menos que emprendieran un “diálogo sincero y paciente” o una “inculturación”, sino que juzgaban como una irrevocable tarea de misioneros, propagadores de la verdad y del bien, arrancar hasta la última raíz de lo antiguo, y salvar las almas de los pobres indígenas de las garras del demonio lo más pronto posible.

Por esto resulta extraordinaria la evangelización inculturada que realiza la primera Discípula y Misionera del Amor Divino que es Santa María de Guadalupe. En el Acontecimiento Guadalupano uno observa y constata con asombro la manera tan maravillosa como son captadas y tomadas esas “semillas de la verdad”, “semillas del verbo”, como se purifica quitando todo error y ´como todo se lleva a la plenitud en Jesucristo; así se detiene todo sacrificio humano, pero se capta el fondo del alma indígena de pretender ser responsables del equilibrio del universo, de pensar que ellos eran los responsables de alimentar a los dioses con lo más preciado: su propia vida; de pensar erróneamente que los corazones y la sangre de las víctimas mantenían la supervivencia de todo lo que existía, por lo tanto del mismo ser humano. Precisamente en el Acontecimiento Guadalupano se toma lo bueno y positivo que realmente existía en el fondo del alma indígena, se purifica de los crasos y terribles errores, así como de la idolatría, y se conduce al ser humano a la plenitud en el único sacrificio verdadero, el de Jesucristo nuestro Señor en la cruz.

Así pues, el Acontecimiento Guadalupano es una extraordinaria inculturación y proclamación del Evangelio en un momento importante de la historia humana, y en un núcleo de culturas en donde Dios cumple llevándolas a la plenitud; una perfecta inculturación, sin humillar a sus elegidos y enviados ministros, frailes humildes que lo han dejado todo y que se han entregado en cuerpo y alma para salvar a sus hermanos en estas nuevas tierras; sin condenar a los indígenas que trataban de ser responsables del equilibrio del universo. El cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la cultura, lo plantea de una manera clara en el Sínodo de América “Evangelizar una cultura no significa faltarle al respeto, sino, por el contrario, testimoniarle un respeto mayor llamándola, en nombre de Cristo a su pleno desarrollo”.[10] Y como dice también el gran pensador contemporáneo de origen chileno P. Joaquín Alliende Luco: “La inculturación ha sido siempre un proceso accidentado, y hasta con momentos de violencia y lucha. Un modelo de eximia inculturación fecunda es María de Guadalupe. La misión evangelizadora parecía destinada al fracaso. Después de las apariciones en el Tepeyac cambió la situación misionera radicalmente. Interminables procesiones de indígenas solicitaban el bautismo […] en pocos años, millones de indígenas pidieron a los misioneros españoles el bautismo cristiano. Guadalupe aparece como el acontecimiento tal vez más logrado de la historia de la Iglesia.”[11]

Siguiendo los pasos que componen la situación histórica en el momento de la aparición del Tepeyac, donde interviene Dios, captamos que Él atiende el clamor de oración de aquél que es la cabeza de la iglesia, su obispo, en aquel entonces fray Juan de Zumárraga; siguiendo cada uno de los párrafos, podemos descubrir una serie de conceptos que nos llevan a una teología por demás actual, un mensaje y una imagen para el hombre de todos los tiempos y de todas las diferentes culturas, convocándolo a vivir plenamente en Jesucristo, por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe. También podemos observar de una manera contundente, que este mensaje y esta imagen no han sido compuestos por ningún español, ni la imagen viene de Extremadura España ni fue realizada por un indígena, como se analizará en los próximos capítulos.

Así que ahora recorramos las líneas de este importante documento: el Nican Mopohua, tanto en su forma como en su fondo, cuya copia más antigua, que posiblemente formó parte de la documentación que pertenecía a Lorenzo Boturini, se conserva en el archivo de Nueva york, colección Lenox. Ciertamente, como decíamos, éste no es el único documento sobre el Acontecimiento Guadalupano, sobre la historia de san Juan Diego o que trate la importancia de este encuentro, pero si es uno de los más plenos, escrito en náhuatl noble de una manera virtuosa; y aunque está lleno de simbolismos, metáforas y difrasismos al más puro estilo náhuatl clásico, clasificado por Miguel León-Portilla como: “joya de la literatura náhuatl”,[12] no por ello deja de ser un documento que presenta datos históricos, que narra un hecho que sucedió en un tiempo determinado y en un espacio concreto; y que estos datos que aporta convergen con otras fuentes históricas. En otras palabras, este documento precisa datos históricos y fundamentos trascendentes transmitidos de una manera bella.




Adentrémonos pues a conocer de cerca este encuentro maravilloso. 

Eduardo Chávez Sánchez

Notas:

[1] Carta de fray Juan de Zumárraga al rey de España, México a 27 de Agosto a 1529, f. 314 v.
[2] Carta de fray Rodrigo de la Cruz O.F.M. al Emperador Carlos V, Ahuacatlán, 4 de mayo de 1550, en Mariano Cuevas, S. J., Documentos inéditos del Siglo XVI para la historia de México, Editorial Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa, No 62) México 1975, Documento 230. p.156
[3] Fray Alonso de Molina, Vocabulario en lengua Castellana y Mexicana y Mexicana Castellana, México, 1571, Ed. Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa, No 62) México 1970, Prólogo al lector, s. p.
[4] Miguel León-Portilla, La Filosofía Náhuatl, p.56
[5] Cfr. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, << Nican Motecpana>>, en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro navarro de Anda, Testimonios Histórico Guadalupanos, Ed.FCE, México, 1982.
[6] Decreto <> en el Concilio Vaticano II, Cap.2, N° 11.
[7] Cfr. Miguel León-Portilla, La Filosofía Náhuatl, p.46
[8] Colloquios y Doctrina Cristina, f.34
[9] Colloquios y Doctrina Cristina, f.37
[10] Paul Poupard, en Javier García González, LC, Historia del Sínodo de América, Ed. Nueva Evangelización, México 1999, p.192.
[11] Joaquín Alliende Luco, Para que nuestra América viva, Ed. Nueva Patris, Chile 2007, p.97
[12] Miguel León-Portilla, Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohu”, Ed. FCE y El Colegio Nacional, México 2000, p.69




Fuente:  Eduardo Chávez, La Verdad de Guadalupe, Instituto Superior de Estudios Guadalupanos, 3a.Edición, México, 2012, Transcripción del Capítulo XI

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