martes, 15 de diciembre de 2015

LA NAVIDAD DE UN CRISTIANO


La fe nos viene de arriba e impregna nuestra vida: corazón, pensamiento y acciones.  Es como la lluvia que empapa la tierra.

Desde la experiencia de fe, Duccio di Buoninsegna, que vivió en Siena, Italia (1255-1319), nos habla de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.  Dejó su mirada en la Catedral de su ciudad, en el centro del altar mayor, unos pocos años antes de su muerte.





¿Qué nos dice?  

A la izquierda nos habla el profeta Isaías que pronuncia:
Porque un niño nos ha nacido,
un hijo nos ha sido dado.
La soberanía reposa sobre sus hombros
y se le da por nombre:
“Consejero maravilloso, Dios fuerte,
Padre para siempre, Príncipe de la paz”.

Sobre la derecha, habla el profeta Ezequiel sobre la condición virginal de la Madre del Niño:
“Esta puerta permanecerá cerrada. No será abierta, y nadie entrará por ella, porque el Señor, ha entrado por ella. Por eso permanecerá cerrada”.

En el centro de la escena, están un buey y un asno en serena compañía.  Representan a los opuestos, que quedan reconciliados por la presencia del recién nacido.  En ellos reconocemos seis dicotomías: alma y cuerpo, masculino y femenino, individuo y sociedad, teoría y praxis, conocimiento y amor, tiempo y eternidad.  No se trata tampoco de decir que todo es lo mismo. Es cuestión de no romper su intrínseca relación y darse cuenta de que no hay el uno sin el otro.


Arriba, una estrella de ocho puntas, todo el cosmos allí presente, atrapa la mirada del Niño y lo cobija con sus rayos.


La Madre y su Niño están en la caverna, para iluminar la oscuridad del mal, para que toda noche de angustia y dolor se convierta en Nochebuena.

También el negro de la caverna indica, místicamente, la entrega del Padre, que al darse todo en su Hijo, es nada más que Silencio de amor.  Como dirá Jesús después: “El que me ha visto, ha visto al Padre”.

José, al costado, es un anciano, en el sentido más pleno de la ancianidad: un sabio.  Sus sueños son revelaciones, como la mirada de Duccio es una enseñanza sobre la Navidad.

Los pastores son hombres sencillos, entregados a su rutinaria labor, pero con el alma encendida, atenta.  Y cuando ven la señal, acuden.  Llevan a sus ovejas, y también a un humilde perro, que llevan la presencia de todo lo viviente al espacio de salvación.



El Niño Dios, en el pesebre, está envuelto en pañales, como en una mortaja.  Abajo, dos parteras lo bañan sumergiéndolo en un cáliz.  Un anuncio de la muerte y resurrección, un misterio de amor y de servicio que nos conmueve.  Nuestra vida humana, sin excluir a nadie bajo ninguna circunstancia, se llena con la misericordia de Dios.  Para siempre, para siempre.


El Misterio se insinúa en el arco de círculo azul de la parte superior, un color que envuelve a la Virgen Madre como un manto de gracia, de compasión.  El Misterio de Dios se muestra con su característica principal: la ternura.

Los ángeles convocan a los cristianos a contemplar y rezar. ¿En favor de quienes se hacen estas oraciones y se celebra esta Festividad? “Paz a los hombres amados de Dios”.  ¿Quiénes?  Todos los hombres, mujeres y varones, de todas las edades, de todo el planeta, de todas las religiones, de todas las convicciones.  Nadie está afuera del amor de Dios.



Por esto, ¡Feliz Navidad! 

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