miércoles, 10 de febrero de 2016

MIERCOLES DE CENIZA. 10 DE FEBRERO DEL 2016.


Comenzamos el tiempo litúrgico de Cuaresma, con la celebración del Miércoles de Ceniza, en realidad es el tiempo litúrgico de preparación para la fiesta anual de la Pascua del Señor. Se compone de cuarenta días, que tienen una resonancia en la biblia, son cuarenta días los de Moisés en el monte Sinaí; son cuarenta años los de Israel en el desierto antes de entrar a la tierra prometida, y los cuarenta días de Jesús en el desierto, en oración y ayuno antes de iniciar su ministerio público. Pero la Cuaresma es también un camino de renovar nuestras promesas bautismales, y de volvernos al Señor misericordioso. Decir que la Cuaresma es un tiempo de penitencia y de ciertas prácticas religiosas, sería desvalorizar el verdadero sentido de la Cuaresma, es ante todo un tiempo de una profunda renovación interior y de una viva participación en el misterio pascual de Cristo. No se debe poner el acento sobre las prácticas religiosas, sino en la acción santificadora del Señor, por ello el ayuno, las penitencias y la mortificación de estos días son solamente un signo de nuestras participación en el misterio de Cristo, que ayuna en el desierto y entrega su vida para vida al mundo.
Llamamos a este día Miércoles de Ceniza, por la ceniza que se nos impone en la frente, y para encontrar el sentido de este signo, debemos remontarnos al uso de la ceniza en la biblia, las cenizas son lo único que queda de aquella madera consumida por el fuego, por ello nos remonta al inicio de la humanidad, a aquel polvo del que fuimos formados, y al cual volveremos. Ponerse ceniza en la cabeza, rasgar las vestiduras o postrarse en silencio, en la biblia, eran signos de penitencia y de duelo, con los cuales el creyente entraba simbólicamente en la muerte. También hoy el cristiano toma conciencia de su finitud y de su pecado, se cubre de cenizas, se rasga el corazón y se abre a la conversión y a la gracia de Cristo. Entra en la muerte para resucitar gozosamente con el Señor, “porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección” (Rom 6,5).
Primera Lectura: Del Profeta Joel 2, 12-18.
Ahora -oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas. Quizá se arrepienta y nos deje todavía su bendición, la ofrenda, la libación para el Señor, vuestro Dios. Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión. Congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos. Congregad a muchachos y niños de pecho. Salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo. Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: "Perdona, Señor, a tu pueblo; no entregues tu heredad al oprobio, no la dominen los gentiles; no se diga entre las naciones: ¿Dónde está su Dios? El Señor tenga celos por su tierra, y perdone a su pueblo.
Reflexión.
Escuchamos un ardiente llamado del profeta Joel al pueblo para que haga penitencia por sus pecados y se renueven interiormente, pues el castigo del Señor es inminente. El mensaje del profeta está convencido que Dios siempre da una nueva oportunidad y que siempre está dispuesto a comenzar otra vez la historia de la alianza con su pueblo. Se hace una convocatoria general, desde los niños de pecho hasta los ancianos. Se lanza un llamado a la conversión, y se fundamenta esta llamada en la misericordia sin límites de Dios.
Es de notar que está conversión no es cosmética o solamente por encima, hay que rasgar el corazón y no las vestiduras, por tanto el verdadero cambio es interior, hay que asumir nuevos valores que orienten la conducta. Ante el sonido de la trompeta que anuncia el tiempo comunitario del ayuno y de la penitencia para alcanzar la misericordia; debe resonar aún más las palabras de la oración sincera y humilde. Por eso el camino de la conversión inicia cuando el hombre es capaz de ponerse de rodillas delante del Señor y decir: “Perdona, Señor, a tu pueblo, y no entregues tu nación al desprecio” (Joel 2,17); y con el salmista: “Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor, por tu inmensa compasión borra mi culpa... Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme” (Salmo responsorial: Sal 51).
Escuchemos esta convocatoria, y comencemos la cuaresma rasgando el corazón, y no las vestiduras.
Segunda Lectura: De la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 20-6,2
Hermanos: Somos embajadores de Cristo, siendo Dios el que por medio nuestro os exhorta; os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios. El cual, por nosotros, hizo pecado al que no conocía el pecado, para que por él llegáramos a ser justicia de Dios. Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Porque él dice: En el tiempo de la gracia te escucho; en el día de la salvación te ayudo. Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación.
Reflexión.
El gran llamado de San Pablo es a la reconciliación, sabemos que reconciliar es restaurar un vínculo de amor o de amistad que ha sido roto a causa de la infidelidad de uno de los contrayentes. Reconciliarse es cambiar de vida. Para el Apóstol, la reconciliación más que un esfuerzo humano, es una gracia que se nos ofrece por medio de Cristo. El hombre con sus pecados ha roto la comunión con Dios, se ha enemistado por Dios, pero por medio de Cristo se ha operado esta restauración.
Al hombre corresponde responder activa y generosamente a la gracia del perdón. Cuando Dios nos ofrece la reconciliación con él, acontece para nosotros el “tiempo favorable” (en griego: el kairós, es decir, la ocasión propicia, la oportunidad que no hay que dejar pasar “recibiendo en vano la gracia de Dios”). “El mismo dice: en el tiempo favorable (kairós) te escuché” (2 Cor 6,2). Según Pablo, vivimos en un continuo kairós, lleno de la gracia de Dios, un tiempo marcado por la exhortación constante a volver al Señor, a través de la predicación evangélica. Un tiempo que no hay que dejar pasar en forma indiferente, sino que hay que vivirlo en la acogida y la respuesta concreta y dócil a la palabra de Dios que nos llama a una nueva vida. “Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (6,2).
Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18,
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú vayas a rezar entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
Reflexión.
El evangelio está tomado del llamado Sermón de la montaña, y pone el acento en las tres grandes obligaciones religiosas de la piedad judía: la limosna, el ayuno y la oración. Cuando un piadoso judío lograba practicar estas tres obligaciones se sentía justificado ante Dios, es un justo delante de Dios. Con la limosna el hombre se abre a la caridad con su prójimo; con el ayuno disponía su espíritu a la comunión con Dios y con la oración se reconocía la soberanía de Dios.
Jesús puntualiza al respecto de estas prácticas religiosas, que hay que tener cuidado en practicar estas obras, para ser vistos por la gente, porque entonces el Padre del cielo no los recompensará. Por ello para Jesús la verdadera práctica religiosa es aquella que se hace por amor a Dios, y lleva a crecer en comunión con El. La espiritualidad cristiana no es externa, el de lo profundo del corazón.
La enseñanza de Jesús es clara en estos textos. Tanto la limosna como el ayuno, y la oración expresiones simbólicas de toda la práctica religiosa del discípulo del reino, se deben hacer “en lo escondido”, más allá de las miradas de los demás, allí donde sólo el Padre, “que está en lo escondido” puede ver. Pues “la mirada del Señor no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). En cualquier práctica religiosa, delante de Dios vale mucho más la motivación interior que la manifestación externa. La enseñanza de Jesús la resume muy bien San Pablo en la carta a los romanos: “Ser judío no consiste en lo exterior... el verdadero judío lo es por dentro y la auténtica circuncisión es la del corazón, la que es obra del Espíritu y no de la letra; no esa que alaban los hombres, sino la que alaba Dios” (Rom 2,28-29).
Que el Señor les bendiga.
Hno. Rolando Cabrera.
Evangelizador Católico.
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